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Odiosos quehaceres - amados seres



Hace un tiempo algunas de mis seguidoras y hermanas de la fe, me hicieron el halago de que admiraban mi amor por la cocina. Si supieran que no siempre fue así. Luego más tarde una de ellas me hizo la siguiente petición: "Deberías escribir un libro de recetas y sobre tu historia de como llegas a amar la cocina. Yo te lo compraría. Tengo mucha curiosidad, cómo de no gustarte la cocina pasaste a amarla. Yo no soy amante a la cocina y aunque no me preocupa ni busco redención en esa área, ja, ja, siempre me ha llamado la atención eso que dices…".


En respuesta, le comenté que no podría escribir un libro, pero que sí podría escribir algo para ella. Luego pensé que sí podía escribir algo pequeño aquí en mi blog. Y debido a ello, aquí me tienen. No, no contaré toda la historia, porque es larga y aunque me gusta escribir y hablar demasiado, debo decir que también estoy consciente del tiempo de ustedes y de los temas que les llama mucho la atención. ¡Ja, ja, ja!


Bueno ya comencemos en esta travesía. Quienes han leído mis libros Soy una mujer como tú y En la intimidad con mi Padre, ya sabrán que mi pensamiento general hace una década era muy muy distinto al que tengo ahora y que mi crianza fue extraña. De una madre que se derramaba en el hogar con servicio constante, pero nos criaba para obtener el éxito laboral y no realmente el familiar. Aunque de seguro ella no pensaba así, eso era lo que percibíamos. Era una madre que se esmeraba por su familia al cien por ciento, en acciones y servicio. Como hijas, hasta cierta edad no teníamos que hacer nada en la casa, solo mantener nuestras habitaciones recogidas y buenas calificaciones. Lo que nos alienaba del mundo real del cuidado del hogar (al menos a mí que era la menor de cinco hermanos). Cuando me tocó hacerme cargo de ciertos quehaceres en el hogar ya mis hermanos eran adultos, trabajando y estudiando y yo era entonces, la adolescente que quedaba en la casa. Para mí se tornó en una carga, porque no veía lo que mis hermanas y mi madre habían ya hecho por mí. Solo veía que todos usaban el baño, todos comían, todos caminaban en la casa y a mí era a quien le tocaba barrer, mapear o fregar los platos de seis personas en el hogar. No siempre sucedía de esa manera, pero mientras crecía, también crecía mi egocentrismo. Esto me hizo llegar a pensar que, limpiar la casa era simplemente hacer lo mismo una y otra vez sin sentido. Sin pensar que estaba sirviendo en el hogar, ayudando a cuidar de una familia que me cuidaba a mí y me proveía. No veía el cuidado del hogar como un servicio a Dios tampoco. En mi mente, a Dios no le importaba eso. Había aprendido a tener una vida espiritual segmentada. Dios está en esto, pero no en aquello. Pero, mientras fui intimando más con Dios, también fui entendiendo Su propósito para la familia y Su propósito para mí vida. Parte de ese propósito es el servicio en amor de múltiples maneras.


Al casarme aún andaba terminando mi maestría en Consejería Psicológica y llevé conmigo un sin número de expectativas y pensamientos erróneos sobre la vida hogareña, la cocina, la limpieza y demás. Solo deseaba ser una esposa que trabajaba en su profesión, ser exitosa laboralmente. Odiaba el quehacer, detestaba cocinar por no fregar los platos. Para colmo todo lo que intentaba cocinar lo hacía de tres manera: quemado, ahogado o amogollado. Y mi esposo hacía todo su esfuerzo por no quejarse de la comida que cocinaba, porque sabía que no me gustaba, pero hacía un gran esfuerzo. Nuestros mayores conflictos eran precisamente la limpieza y la organización de la casa. Yo era medio desordenada en el hogar, porque era procrastinadora. Lo dejaba para luego y entonces luego era demasiado lo que me tocaba hacer. Y eso me enfurecía y me hacía sentir frustrada, pensando en todo lo demás que tenía qué hacer.

Saltando un poco de vida a otro extremo de ella, si eres nueva en esta hermosa comunidad debo contarte que soy sobreviviente de la depresión perinatal. Durante mi posparto, mis debilidades se agudizaron. Es normal retrasarte en el quehacer, porque tienes a un bebé qué cuidar. En mi caso, si antes no quería limpiar o me pesaba, con la depresión era que realmente no podía. Tenía una montaña de ropa dentro de la cuna del bebé, me tomaba días una sola tarea, a penas lograba bañarme diariamente. Los problemas de comunicación se hicieron más evidentes y los disparadores de las discusiones crecieron. Entonces, comencé a orar a Dios porque me diera fuerzas, porque me permitiera tener sabiduría, inteligencia y energía para cocinar. Comencé a ver videos de Youtube sobre recetas fáciles, me compré un recetario de postres y le hacía muchas preguntas a mi mejor amiga, a quién sí le gustaba cocinar. Cuando mi bebé cumplió sus seis meses de vida, ya yo había mejorado en lo básico de la cocina, y podía ofrecerle alimentos hechos por mí. Mi hijo me empujó a ser mejor en lo básico de la vida. Más tarde en mi segundo embarazo por situaciones de salud tuve que cuidar mucho de mi alimentación, lo que me llevó a seguir aprendiendo de la comida. Ya lograba hacer una comida completa e invitar a mis familiares. Aún recuerdo la primera vez que asé un pavo en mi horno convencional hace siete años atrás. Lo feliz que me sentí al ver a mi familia comiendo los alimentos que preparé con mis manos, cuando antes solía quejarme. Cuando nos mudamos a Japón, tuve que aprender a crear, cocinar con lo que había mientras iba aprendiendo a conocer la gastronomía japonesa y los mercados al rededor, para no perder la manera de alimentarnos culturalmente. Fue tremenda aventura. Al estar en una casa nueva me propuse ser minimalista para que la limpieza se me hiciera más cómoda y fácil, de ahí sale mi taller online: Organízate mamá, donde ayudo a las madres y mujeres ocupadas a poder llevar a cabo una limpieza básica y organización del hogar, además de administrar a su familia. El minimalismo me ayudó a tener más tiempo para amar la cocina junto a mis hijos.


Allá en Japón, a solas con Dios, aprendí que la comida preparada con amor es servicio, nos ayuda a sanar nuestros cuerpos y de otros y nos ofrece la oportunidad de mejorar incluso la salud mental. Aprendí que la cocina es una virtud para algunas, pero para otras es una práctica adquirida con esfuerzo. Aprendí a no dejar las cosas para después y limpiar lo que usaba mientras iba cocinando. También que a través de la cocina podía enseñarle a mis hijos multitud de conocimientos. Me tomó años amar la cocina, verla de otra manera, tomó años entender que el don de servicio se da muchas maneras que yo desconocía, así como la gracia de Dios se viste de muchas maneras al igual. Amando a mi familia aprendí a servirles con amor a través de lo que tenía frente a mí: la ropa sucia, la habitación alborotada y la cocina vacía. Ahora hay ropa limpia porque amo ver a mi familia bien vestida, habitaciones limpias, porque les enseño a mis hijos lo mismo que he aprendido yo, pero esta vez con mi ejemplo y cocina llena de olores y colores diversos. No quiere decir que no me canse, no quiere decir que no sienta a veces que no me agradecen o que no me moleste que mi esposo no se detenga en ocasiones a agradecer la cena que me tomó dos horas hacer. Ja, ja, ja! Tampoco quiere decir que disfruto estar 10 horas recogiendo cosas del suelo diariamente, pasando el trapeador o doblando la ropa que lavo. Necesitamos saber llegar al límite de manera sana. Reconocer el descanso necesario en nuestra vida diaria y sobre todo aprender a descansar en los brazos de Jesús, como mujeres, madres y esposas.


Ahora bien, he logrado todo esto porque tengo la dicha de no trabajar fuera de la casa, sino desde mi escritorio en una esquina de la casa, lo que me permite estar más disponible para el quehacer la casa, aunque sea un reto al igual. Por mucho tiempo identifiqué el quehacer con ser una esclava del hogar, pero al contrario de lo que creí, era yo quien esclavizaba a otros pensando que eran ellos quienes debían hacerlo y no yo. Sí, duras palabras. El hogar es nuestro refugio, el hogar es nuestro oasis, donde muchas veces estamos a solas con Dios, donde convivimos con nuestra familia, el techo que nos cobija y donde calentamos las pequeñas manos de nuestros hijos. Donde hacemos satisfactoriamente el amor con nuestros esposos. ¿Por qué es tan pesado mantener en buenas condiciones, bien oliente y ordenado el lugar que residimos? ¿Por qué es tan odiado el favor que sale de nuestras manos a nuestras familia o a nosotras mismas con la comida que elaboramos? ¿Por qué nos cuesta tanto lavar un plato sucio, si Jesús nos lavó a nosotras con su sangre preciosa? ¿Será porque sientes que lo haces todo tú sola? Entonces no odias la cocina, el cocinar o el quehacer. Odias la mala comunicación que no te permite llegar a acuerdos, odias el pensamiento falso de que lo debemos hacer todo solas, odias la incapacidad de poder crear con tus manos. Casi todo tiene una solución. Y se comienza por romper tabúes, por romper con mitos, también se comienza por comunicarte con tu familia y organizar tu mente y tus creencias. Si eres soltera, y me has leído hasta aquí, te extiendo una invitación a identificar qué es lo que odias y porqué te sientes así hacia ello. También te invito a darte una oportunidad de crear en la cocina o de redecorar tu casa. Hay maneras de que no cueste tanto, hasta sentirte cómoda en el lugar donde estás, entonces comenzarás a amar mucho de lo que odias hoy o no te agrada. De manera corta te cuento mi historia. Tal vez en algún punto de esto te veas reflejada, aprendas o percibas algo que no considerabas.


Escribo esta nota para contarte mi proceso, más no para hacerte cambiar de opinión. Todas nos expresamos de maneras distintas y dependiendo de las oportunidades que nos demos en la vida. Te leo en los comentarios del blog, qué te ha parecido la entrada.





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